Sábado Santo

4 de abril de 2026

Lecturas de la Misa

Hoy, en Sábado Santo, nos encontramos en un momento de espera y reflexión, preparando nuestros corazones para el gozo de la Resurrección de Cristo que celebraremos con la llegada del Domingo de Pascua. Este es un día de silencio, oración y esperanza contenida.

Primera Lectura

Éxodo 14:15-15:1

El Señor dijo a Moisés: "¿Por qué me invocas con clamores? Ordena a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, levanta tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo en dos, para que los israelitas pasen por medio del mar, sobre el suelo seco." El ángel de Dios, que iba al frente del campamento de Israel, se desplazó hasta colocarse detrás de ellos; y la columna de nube se desplazó también de delante hacia atrás, interponiéndose entre el campamento egipcio y el de Israel. La nube era tenebrosa para unos, mientras que para los otros iluminaba la noche, de manera que en toda la noche no pudieron acercarse los unos a los otros. Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar. Se dividieron las aguas, y los israelitas entraron a pie en medio del mar, sobre el suelo seco, teniendo las aguas como una muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron, y toda la caballería del Faraón, sus carros y sus guerreros, entraron detrás de ellos en medio del mar. Cuando llegó la vigilia de la mañana, el Señor miró desde la columna de fuego y de nube hacia el ejército de los egipcios y sembró la confusión entre ellos. Frenó las ruedas de sus carros de guerra, haciéndolos avanzar pesadamente. Los egipcios exclamaron: "Huyamos de Israel, porque el Señor combate en favor de ellos contra Egipto". El Señor dijo a Moisés: "Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas se vuelvan contra los egipcios, sus carros y sus guerreros". Moisés extendió su mano sobre el mar y, al amanecer, el mar volvió a su cauce. Los egipcios, al huir, se encontraron con las aguas, y el Señor los hundió en el mar. Las aguas, al replegarse, cubrieron los carros y los guerreros de todo el ejército del Faraón que habían entrado en el mar persiguiendo a los israelitas. Ni uno solo de ellos se salvó. Los israelitas, en cambio, habían cruzado el mar por el suelo seco, teniendo las aguas como una muralla a derecha e izquierda. Aquel día, el Señor salvó a Israel de las manos de los egipcios. Entonces Moisés y los israelitas cantaron este cántico al Señor.

Salmo Responsorial

Éxodo 15:1-6,17-18

Cantemos al Señor, que se ha cubierto de gloria: caballo y jinete, los arrojó al mar. El Señor es mi fuerza y mi protección, él me salvó. Él es mi Dios y yo lo glorifico, el Dios de mi padre, y yo proclamo su grandeza. El Señor es un guerrero, su nombre es "el Señor". Los carros del Faraón y su ejército los precipitó en el mar; sus mejores guerreros se hundieron en el Mar Rojo. El abismo los cubrió, cayeron como piedras en lo profundo. Tu mano, Señor, resplandece por su fuerza; tu mano, Señor, aniquila al enemigo. Tú llevas a tu pueblo y lo plantas en la montaña de tu herencia, el lugar que preparaste para tu morada, el Santuario, Señor, que fundaron tus manos. ¡El Señor reina eternamente!

Segunda Lectura

Romanos 6:3-11

Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. Porque si nos hemos identificado con Cristo por una muerte semejante a la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección. Comprendámoslo: nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, para que fuera destruido este cuerpo de pecado, y así dejáramos de ser esclavos del pecado. Porque el que está muerto, no debe nada al pecado. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Evangelio

Mateo 28:1-10

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a visitar el sepulcro. De pronto, se produjo un gran temblor de tierra: el Ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su aspecto era como el de un relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve. Al verlo, los guardias temblaron de espanto y quedaron como muertos. El Ángel dijo a las mujeres: "No teman. Yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como lo había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba, y vayan en seguida a decir a sus discípulos: 'Ha resucitado de entre los muertos, e irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán'. Esto es lo que tenía que decirles". Las mujeres, atemorizadas pero llenas de alegría, se alejaron rápidamente del sepulcro y fueron a dar la noticia a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: "Alégrense". Ellas se acercaron y, abrazándole los pies, se postraron delante de él. Y Jesús les dijo: "No teman. Avisen a mis hermanos que vayan a Galilea, y allí me verán".

Lecturas proporcionadas por Evangelizo. Textos bíblicos usados con permiso.

Metanoia

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