Martes de la 17ª semana del Tiempo Ordinario

28 de julio de 2026

Conversación

Reflexiones sobre Deuteronomio 32 en la Misa diaria

Tiempo Ordinario. La primera lectura es un lamento: Jeremías llora sobre una Judá devastada — "Que mis ojos derramen lágrimas noche y día... por su herida incurable" — los campos llenos de caídos y la ciudad llena de hambrientos. No niega la ruina; la llora. Pero convierte sus lágrimas en oración, suplicando no por el mérito del pueblo, sino por Dios mismo: "Por el honor de tu nombre, no nos rechaces... acuérdate de tu alianza con nosotros". Y pone su esperanza donde solo cabe ponerla: "¿No eres tú, Señor, Dios nuestro, en quien esperamos? Porque tú lo haces todo". En el Evangelio, Jesús explica la parábola de la cizaña. El campo es el mundo; el trigo y la cizaña — los hijos del reino y los del maligno — crecen enredados hasta "la cosecha... el fin del tiempo", cuando los ángeles hacen la separación que nosotros no podemos. El mal es real y tendrá su ajuste, pero no en nuestro calendario impaciente. Y la parábola no termina en fuego, sino en luz: "Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre".

Donde el "campo" de tu mundo o de tu corazón parezca invadido de cizaña, resiste tanto la desesperación como el impulso de hacerte segador. Permítete llorar con sinceridad, como Jeremías, y convierte el dolor en oración fundada en la fidelidad de Dios — luego vive como trigo, confiando en la siega en que los justos brillarán como el sol.

Preguntar sobre Deuteronomio 32

Esta lectura viene del Cántico de Moisés — una de las palabras más fuertes de toda la Escritura. Moisés está a punto de morir, y Dios le pide que entone este cántico para que el pueblo nunca olvide lo que ha pasado entre ellos. Lo que golpea aquí es el lenguaje del desprecio mutuo. Israel ha despreciado a la Roca que los engendró — una imagen de Dios como su fundamento, su origen, la piedra sobre la que fue construida su vida. Y al ver eso, el Señor dice que se ocultará su rostro. No es que Dios se vaya; es que retira su presencia visible, su protección manifiesta. Es la peor cosa que puede pasarle a un pueblo que depende de Dios. Lo más tenso es lo que viene al final: "Provocaré sus celos con algo que no es un pueblo, los irritaré con una nación insensata". Dios está diciendo que dará a otros lo que Israel rechazó — su favor, su alianza, su gloria. Es una advertencia terrible sobre lo que pasa cuando desprecias un regalo tan grande. Pero también es extrañamente compasivo: Dios no simplemente abandona; sigue hablando, sigue buscando, incluso a través del dolor. Cuando la lees junto con Jeremías, ves el mismo patrón. El pueblo se ha apartado de Dios para seguir ídolos vacíos, y Dios responde no con indiferencia, sino con consecuencias que duelen — porque la única cosa que podría despertar a un pueblo sordo es sentir lo que pierden.

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Un compañero diario silencioso que toma las lecturas de la Misa de hoy y las refleja a través de lo que realmente estás viviendo.