explora la conquista de la libertad interior.
Las lecturas de hoy se reúnen en torno a la peligrosa vocación de decir la verdad. Jeremías es arrastrado ante las autoridades y amenazado de muerte por profetizar contra Jerusalén; no se retracta, sino que se pone por completo en sus manos —'hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo'— confiando en que fue el Señor quien lo envió. El salmista clama desde el lodo y las aguas profundas, y aun así declara que el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos. En el Evangelio, Juan el Bautista paga el precio completo: encarcelado por decirle a Herodes 'no te es lícito', es decapitado para cumplir un juramento imprudente hecho en un banquete de cumpleaños. Herodes tiene todo el poder y, sin embargo, está atrapado por su vanidad, sus invitados y su miedo al pueblo. Los profetas no tienen ningún poder y, sin embargo, no pueden ser silenciados. En la memoria de san Alfonso María de Ligorio, doctor de la Iglesia, las lecturas nos preguntan cuánto nos costará decir nuestra propia verdad, y si confiamos lo suficiente en el Dios que escucha a los pobres como para pagarlo.
Esta semana, fíjate en los lugares donde te sientes tentado a cambiar la verdad por la aprobación: a hacer una promesa de Herodes que no puedes cumplir, o a callar porque hablar te costaría algo. Pide la libertad de Jeremías: 'estoy en sus manos'. Luego di lo verdadero, lo amoroso, lo difícil, y confía en el Dios que escucha a los pobres.
Preguntar sobre Evangelio según San Mateo 14
Este pasaje es tenso desde el primer párrafo. Herodes oye hablar de Jesús y su mente salta inmediatamente a Juan el Bautista: "Ha resucitado de entre los muertos". Herodes vive en el fantasma de su propia culpa. Sabe lo que hizo. Lo que Mateo nos muestra es una serie de pequeñas capitulaciones que terminan en sangre. Herodes arrestó a Juan porque le molestaba la verdad que decía. Luego quiso matarlo, pero le frenaba el miedo al pueblo. Después, en su cumpleaños, entra en un momento de debilidad social: la hija de Herodías danza, a él le agrada, promete ante todos lo que ella pida. Es un hombre escribiendo cheques con su voluntad para impresionar a sus invitados. Y entonces viene la petición: la cabeza de Juan sobre una bandeja. Aquí es donde la debilidad de Herodes toca fondo. Se entristeció. Mateo lo dice explícitamente. Herodes no quería hacer esto en ese momento. Pero "a causa de su juramento y por los convidados" lo hizo. Su propia palabra dada en público, su reputación ante la mesa de banquete, pesó más que la vida de un hombre santo. Mató a Juan no por convicción, sino por cobardía disfrazada de honor. Lo impactante es que Herodes tenía el poder total. Era el tetrarca. Pero su poder no le daba libertad; lo atrapaba. Necesitaba que la gente lo viese fuerte, deba cumplir sus promesas, no podía retractarse sin quedar mal. Un prisionero encadenado tiene más libertad que él. El contraste con Jeremías no podría ser más claro: el profeta dice "hagan conmigo lo que les parezca justo" porque ya entregó su vida; el rey dice sí a cualquier cosa porque no tiene nada de sí que ofrecerse. Uno muere con su conciencia íntegra. El otro mata y queda destrozado por dentro.
A Herodes le faltó conquistar su libertad interior
Sí, lo que dices es muy perspicaz. Herodes tenía libertad externa —poder, riqueza, la capacidad de mandar— pero carecía de esa libertad interior de la que hablas. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1731, habla de la libertad como el poder, arraigado en la razón y la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de realizar así actos deliberados. Pero también nos dice que la libertad nos hace responsables de nuestros actos. Herodes, en su falta de libertad interior, se deja llevar por el miedo al qué dirán y por su juramento, no por un acto verdaderamente deliberado y moralmente bueno. Cuando se carece de esa libertad interior, las circunstancias externas, los miedos o incluso el deseo de aprobación pueden dictar nuestras acciones, como le pasó a Herodes. No es el hombre que elige el bien por sí mismo, sino el hombre arrastrado por las corrientes del momento.
Cómo conquistar la libertad
La conquista de la libertad interior es un camino de toda la vida, arraigado en la fe y la gracia. No es algo que se logre de una vez, sino un proceso de crecimiento espiritual. Aquí hay algunas formas en que la fe cristiana nos enseña a conquistar esa libertad: • Conocimiento de la verdad: Jesús dijo: "Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres" (Juan 8:32). La verdad de Dios, revelada en las Escrituras y en la enseñanza de la Iglesia, nos libera de las falsedades que nos esclavizan. Esto incluye reconocer nuestras propias debilidades y pecados, y la gracia que nos libera de ellos. • Dependencia de Dios: Paradójicamente, la verdadera libertad se encuentra en la dependencia de Dios. Como Jeremías, cuando uno pone su vida en manos de Dios, ya no le teme a las amenazas humanas ni a las presiones sociales. El Salmo de hoy lo expresa hermosamente: "Sácame del lodo para que no me hunda... que tu ayuda me proteja". • Vivir según la conciencia rectamente formada: El Catecismo (CIC 1776) nos enseña que la conciencia es un "juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que va a ejecutar, que está ejecutando o que ya ha ejecutado". Formar nuestra conciencia a la luz de la ley divina y natural nos permite tomar decisiones verdaderamente libres y morales, en lugar de ser esclavos de los impulsos o las expectativas externas. • La gracia de los sacramentos: Especialmente el sacramento de la Reconciliación, que nos libera del peso del pecado y nos restaura en la gracia de Dios, y la Eucaristía, que nos fortalece para vivir en esa libertad. • La humildad y el desapego: San Alfonso María de Ligorio, cuya fiesta celebramos hoy, enfatizó la importancia de la humildad y el desapego de los bienes mundanos y de la propia voluntad para poder seguir la voluntad de Dios. Cuando estamos menos apegados a nuestro propio prestigio, a las opiniones de los demás o a nuestras posesiones, somos más libres para elegir el bien. Es un camino que requiere oración, discernimiento y la voluntad de decir "sí" a Dios, incluso cuando sea difícil, y "no" a aquello que nos aparta de Él. Si deseas profundizar en este camino, hablar con un sacerdote o un director espiritual puede ser de gran ayuda.